lunes, 18 de julio de 2011

El bueno, el feo y el malo: inhibir una enzima bacteriana alivia los efectos secundarios de la terapia contra el cáncer

A menudo, los fármacos contra el cáncer van acompañados de efectos secundarios. Es el caso, por ejemplo, del CPT-1, que se usa en el tratamiento de tumores de intestino, pulmón y algunos tipos de leucemias, y que puede provocar diarreas muy severas. Se sabe que esto se debe a que el fármaco se transforma en el hígado en una forma inactiva que a después va al intentino y allí es procesada por una enzima llamada beta-glucuronidasa, producida por las bacterias que forman parte de nuestra microbiota intestinal. Así, la beta-glucuronidasa (el feo) es reponsable de la formación de un agente tóxico (el malo), que a su vez provoca las diarreas. Para evitar estos efectos se ha intentado administrar el agente anticancerígeno junto con antibióticos que inhiban las bacterias intestinales. Sin embargo, estos microorganismos tienen muchos efectos beneficiosos, por lo que atacar la microbiota intestinal no es una estrategia recomendable.

Recientemente, la revista Science ha publicado un exhaustivo trabajo en el que se han evaluado más de 10.200 compuestos químicos distintos, seleccionando cuatro que son capaces de inhibir específicamente la beta-glucuronidasa de las bacterias. Uno de estos inhibidores (el bueno) no resultó tóxico ni para las propias bacterias ni para las células del intestino. Los científicos lo administraron a animales de experimentación y comprobaron que el compuesto es capaz de proteger a los ratones de la toxicidad inducida por el anticancerígeno CPT-11, sin afectar a las bacterias beneficiosas del intestino. Los resultados, por tanto, demuestran que los autores han encontrado una sustancia química (el bueno) capaz de inhibir a la beta-glucuronidasa bacteriana (el feo), evitando así la producción del derivado tóxico (el malo) que causa las diarreas. En definitiva, han evitado la toxicidad de un agente anticancerígeno simplemente inhibiendo una enzima fabricada por nuestras bacterias intestinales.

Este trabajo demuestra por primera vez que algunos de los tratamientos anticancerígenos que emplean sustancias químicas pueden mejorar su efectividad y evitar sus efectos secundarios investigando las causas moleculares que los producen
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