martes, 21 de enero de 2020

Sigue a tiempo real la epidemia de coronavirus


Seguir una epidemia a tiempo real

El nuevo coronavirus chino 2019-nCov

El primer caso de SIDA se diagnóstico en 1981, pero se tardaron dos años en aislar e identificar el virus VIH, y además con una desagradable pugna y polémica entre los dos grupos de investigación implicados, franceses y americanos. Hoy en día, gracias a la colaboración internacional y a las redes sociales, podemos seguir el curso de una epidemia a tiempo real:  la epidemia del nuevo coronavirus chino 2019-nCov

(Cada cierto tiempo iré poniendo aquí las últimas noticias sobre el tema. Sigue en redes #coronavirus, #Wuhan, #Wuhanvirus, #Wuhanpneumonia, #2019nCov)


Principios de diciembre de 2019 – Se detectan varios casos de una neumonía atípica de origen desconocido en la ciudad de Wuhan, en el centro de China. La mayoría de esas infecciones están relacionadas con un mercado de pescados y mariscos, en el que se comercializaban animales vivos. 

1 de enero – Se cierra el mercado de Wuhan.

(Fuente: Reuters)

9 de enero – Las autoridades Chinas confirman la presencia de un virus en 15 de los 59 casos de neumonía, se descarta que se trate de un virus de la gripe y se apunta hacia un nuevo tipo coronavirus diferente al SARS y MERS. No hay ningún caso mortal, y no parece que existe transmisión entre personas.

10 de enero – Se hace público el genoma del virus causante de la neumonía del brote de Wuhan.

11 de enero - Los primeros análisis filogenéticos lo relacionan con el grupo 2B de los coronavirus, dentro de la misma familia que el SARS. Se le denomina 2019-nCoV.


 Análisis filogenético del nuevo coronavirus (Fuente: EcoHealth Alliance)

12 de enero – Se notifica el primer fallecimiento: un hombre de 61 años con una enfermedad hepática crónica y que frecuentaba el mercado de Wuhan donde parece que se originó el brote. El número total de casos confirmados se reduce a 41. Hasta el momento actual, sigue sin haber evidencia de transmisión entre humanos. Los esfuerzos se centran en identificar la especie animal que transmite el virus y determinar si el contacto con esos animales supone un riesgo de epidemia en otras áreas del país.

17 de enero – Se deposita la secuencia del 2019-nCoV en GeneBank. Un informe del MRC Centre for Global Infectious Disease Analysis (Imperial College London) estima, de forma teórica, que el número total de casos infectados en la ciudad de Wuhan puede ser de 1.723.

19 de enero – China confirma un total de 201 casos, con tres fallecimientos.


20 de enero - Se confirman casos en cuatro países: China (198 casos, incluido tres fallecimientos, 2 casos en Pekín y 1 en Guandong), Japón (1 caso),  Tailandia (2 casos), and República de Corea (1 caso). Todos los casos han sido importados de Wuhan (China). La transmisión entre personas, aunque limitada, se confirma.


21 de enero – El nuevo coronavirus se clasifica como enfermedad contagiosa de categoría B, sujeta a cuarentena en las fronteras. China aplica medidas de prevención y control máximo. Australia, Estados Unidos y Tailandia han comenzado realizar controles a los pasajeros que llegan de China.

22 de enero – El Director General de la OMS convoca una reunión del Comité de Emergencias.

25 de enero – Celebración del Nuevo Año Chino.




Más información:

La historia se repite: ¿un nuevo coronavirus en China? (Investigación y Ciencia)
- El nuevo coronavirus chino (podcast El Método, con Luis Quevedo, 21/01/2020)
- CDC
- OMS

lunes, 20 de enero de 2020

Microbiota/Microbioma: un poco de sana autocrítica


Todo está relacionado con la microbiota y todo influye en ella

Hace unas semanas publiqué una entrada en el blog sobre un artículo que describía el efecto que tienen las comidas de Navidad con la familia política en la composición de la microbiota intestinal. En este trabajo concluían que, aunque son necesarios más estudios aleatorios antes de reconocer a los cuñados como un potencial factor de riesgo para la salud mental (je, je), los participantes que habían visitado a sus cuñados tenían cambios significativos en la diversidad de su microbiota fecal. En concreto, el contacto con los cuñados provocaba una disminución significativa en las especies de Ruminococcus, género bacteriano que se sabe que está asociado al estrés psicológico y a la depresión.



El artículo en cuestión se había publicado en una revista “seria”, el Human Microbiome Journal, y es digno merecedor de los próximos premios Ig Nobel. Medio en serio medio en broma, es una crítica velada a muchos de los trabajos sobre microbiota.

Soy un entusiasta de la microbiota (prueba de ello es uno de mis últimos libros “Microbiota: los microbios de tu organismo”). El estudio de los microorganismos que forman un complejo ecosistema con nuestro organismo es uno de los temas más fascinantes de la microbiología y de la medicina actual. Estoy convencido que en un futuro próximo el análisis del microbioma humano se incorporará a los protocolos de medicina personalizada de precisión. Una medicina a la carta que propondrá un tratamiento personalizado teniendo en cuenta los millones de datos no solo del genoma, del metabolismo y del sistema inmune del paciente, sino también del microbioma. Se estudiará la composición de la microbiota y su función, se identificarán los microorganismos oportunistas potencialmente patógenos, sus posibles deficiencias y cómo los microbios pueden afectar al tratamiento. Con todos esos datos, se podrá estudiar la susceptibilidad genética a padecer una enfermedad, se podrá predecir la respuesta a un tratamiento y posibles reacciones adversas, incluso recomendar un cóctel de microbios concreto, una nutrición o probióticos personalizados o un autotransplante de microbiota intestinal, por ejemplo.


Pero para ello, necesitamos conocer mejor la composición e interacciones de nuestra microbiota, descubrir los mecanismo bioquímicos y moleculares que relacionan la microbiota con la enfermedad, y desarrollar tratamientos personalizados de modulación o modificación de la microbiota. El objetivo en el futuro es desarrollar medidas preventivas, diagnosticas y terapéuticas personalizadas basadas en nuestra microbiota.

En los últimos diez años el crecimiento de las publicaciones relacionadas con este tema se han multiplicado exponencialmente: si en el año 2006 no llegaban a cien, hoy son varios miles de artículos cada año. Por supuesto, esto no quiere decir que todas esas publicaciones sean de calidad, pero es una demostración de que el estudio de la microbiota es un tema candente, de rabiosa actualidad y de gran interés para la comunidad científica. Da la impresión de que todo está relacionado con la microbiota: nutrición, metabolismo, obesidad, diabetes, reacciones alérgicas, enfermedades autoinmunes, inflamación, enfermedades cutáneas, estrés, depresión, Parkinson, Alzheimer, autismo, cáncer, … Y de que todo influye en nuestra microbiota: edad, dieta, sexo, genética, estado de salud, geografía, clima, ejercicio, compañía, medicamentos, hábitos, …

Entender cómo el complejo mundo microbiano que nos habita influye en muchas enfermedades nos puede ayudar a la prevención, diagnóstico, tratamiento en incluso curación de muchas de ellas. Pero este entusiasmo de la comunidad científica va acompañado de un cierto sensacionalismo en los medios. Los estudios sobre la microbiota han sido protagonistas de la portada de numerosas publicaciones –incluso revistas “del corazón”- programas de radio y de televisión. Dejarnos llevar por la frivolidad es muy peligroso, porque puede dar la falsa idea de que con el trasplante fecal, por ejemplo, podemos ya curar un sinfín de enfermedades y dolencias. Además, el exceso de entusiasmo y la exageración de los resultados es abonar el campo para que los charlatanes, homeópatas, curanderos y pseudocientíficos proliferen y hagan su negocio. Por eso es bueno un poco de sana autocrítica que nos ayude a interpretar las investigaciones sobre nuestros colonos microscópicos.


Empresas que analizan tu microbiota

Hace unos meses me consultó vía correo electrónico una madre con el caso de su hijo, un niño de 3 años y medio, con problemas de salud desde que nació. Desesperados sin saber qué más hacer para curar a su hijo, encargaron un análisis de microbiota a una empresa de Málaga que se dedica a ello. Tuvieron que enviar dos muestras de heces del niño. El análisis costaba 600 euros. Al cabo de un tiempo recibieron un detallado informe de 10 folios con el “Estudio metagenómico clínico de microbiota intestinal”. En el informe se concluía, entre otros datos, que el paciente sufría una clara disbiosis intestinal, con un número elevado de especies bacterianas, alta proporción de Bacteroidetes y baja de Firmicutes, y un bajo porcentaje de microbiota productora de butirato, inmunomoduladora y proteolítica.


Muy bien, ¿y ahora qué? ¿es suficiente un par de muestras de una persona en un momento concreto para definir la microbiota? ¿frente a qué valores de referencia se compara? ¿cuáles son los valores “normales” de microbiota de un niño de 3 años y medio? ¿son estables en el tiempo esos datos de microbiota intestinal? ¿cómo corregimos esa disbiosis intestinal? ¿con probióticos, cuyo prospecto dice “producto que no tienen intención de diagnosticar, tratar, curar o prevenir ninguna enfermedad? ¿qué solución le damos?

Problemas concretos en los estudios sobre microbiota

Muchos de los estudios científicos en los que describen los microbios que están en nuestro cuerpo se basan en los datos que se obtienen de secuenciar todo el ADN presente en la muestra. La identificación de una especie microbiana concreta se hace por comparación de secuencias con las bases de datos. De forma arbitraria se suele asignar a una misma especie si las secuencias se parecen en un 97 %. Pero esta asignación es meramente arbitraria. De hecho, el mismo concepto de «especie bacteriana» es un tema discutido entre los microbiólogos: dentro de una misma especie pueden existir cepas distintas con grandes diferencias genéticas y metabólicas. Estas diferencias son incluyo mucho mayores en el caso de los virus. Por eso, al analizar la diversidad en una comunidad microbiana tan compleja como nuestro propio cuerpo se suele emplear el término de unidad taxonómica operacional —OTU, del inglés operational taxonomic unit—. Aunque esto permite analizar una comunidad compuesta por microorganismos incluso no cultivables, dificulta la comparación de estudios distintos.

Los genomas están plagados de genes o proteínas hipotéticas para las que no hay datos, no hay anotaciones en las bases de datos y no se sabe su función. En algunos genomas microbianos, hasta el 30 % de sus genes son hipotéticos, no sabemos nada de ellos: es como la materia oscura del mundo microbiano. Nos podemos estar perdiendo casi un tercio de la película completa, por eso la interpretación de los resultados a veces es muy complicada. Sobre todo en los análisis funcionales del microbioma, en los que estudiamos los genes y sus productos para inducir la función concreta de esa comunidad microbiana. La inmensa diversidad y el potencial bioquímico de la microbiota todavía espera ser descubierto.

Los análisis bioinformáticos y computacionales, que requieren desarrollar complejos modelos matemáticos y estadísticos y nuevos algoritmos para integrar e interpretar la multitud de datos que se generan, siguen siendo un cuello de botella en este tipo de estudios.

Otro problema importante es el de la contaminación ambiental. Se ha demostrado que incluso los reactivos y los kits comerciales que se emplean en técnicas de biología molecular pueden estar contaminados con ADN microbiano, muy difícil de evitar, lo que algunos han denominado con cierto cachondeo el «kitome», el conjunto de ADN microbiano contaminante de los reactivos de un kit comercial. Esto puede generar resultados erróneos cuando trabajamos con muestras en las que la cantidad de ADN sea muy pequeña, por ejemplo. En las publicaciones científicas habría que exigir la explicación de qué controles se han realizado para asegurar que los resultados obtenidos no están influidos por la presencia de ese ADN contaminante.


La microbiota es el conjunto de microorganismos, no solo bacterias, también de las arqueas, los hongos, las levaduras, los virus e incluso los protistas. Y de eso todavía sabemos muy poco, y menos sobre las interacciones entre ellos. Nuestros microbios y nuestro cuerpo forman un ecosistema supercomplejo y de muchos de sus componentes sencillamente no tenemos datos todavía.

Otra crítica que podemos hacer a estos estudios es la falta de un control perfecto, lo que se suele llamar el «gold standard». Es decir, todavía no hay un consenso sobre cuál es la microbiota control ideal y su función en una persona sana normal con la que podamos comparar los resultados de los casos patológicos: ¿cuál es la microbiota “normal” de un niño de 3 años y medio?  Cuando diseñas un experimento sobre el microbioma humano debes tener en cuenta que en el control sano no solo influye si se han tomado antibióticos o no en los últimos meses, la dieta, la edad o el sexo, sino también la familia, e incluso las mascotas con las que conviva esa persona.

Tampoco existen todavía protocolos unificados que faciliten la comparación de resultados de distintos grupos de investigación: desde cómo se toman las muestras y cómo se almacenan hasta qué programa bioinformático se emplea para analizar los resultados. Algunos trabajos publicados son criticables por falta de controles o porque el tamaño de la muestra es pequeño y por tanto son cuestionables desde el punto de vista estadístico.

A nuestras bacterias les influyen una multitud de factores: el estrés que sufrimos, nuestro sexo, nuestra genética, nuestra edad, con quién vivimos, lo que comemos, el ambiente en el que nos movemos. El número de variables es enorme. Pequeñas diferencias influyen mucho. Por eso, interpretar los cambios en la microbiota es complejo: ¿son una consecuencia de la enfermedad o un resultado del estado patológico?, ¿una causa o un efecto? La eterna duda: correlación no es causalidad, que haya cambios en la microbiota que se correlacionen con una determina enfermedad no significa que sean su causa. Por eso, es imprescindible diseñar bien los experimentos, consensuar protocolos de trabajo comunes para poder comparar los resultados de distintos grupos de investigación y, sobre todo, repetir y repetir los experimentos.

A pesar de todo esto, sigo manteniendo que el estudio de la microbiota humana y su relación con la salud son un cambio de paradigma de la medicina personalizada.

miércoles, 8 de enero de 2020

Los secretos escondidos del DNA antiguo



Las nuevas técnicas de análisis genómicos permiten descubrir cómo eran, qué comían e incluso qué microbios tenían nuestros antepasados

Reconstruir un dinosaurio completo a partir de unos trocitos de DNA atrapado en un fósil de ámbar, como nos hicieron creer el Jurassic Park, es imposible … de momento.


Hasta hace unos pocos años, el DNA antiguo que quedaba preservado en restos arqueológicos era muy difícil de analizar. Estaba muy dañado y poca información se podía sacar de él. Sin embargo, hoy en día hay nuevas técnicas que permiten amplificar, secuenciar y analizar el genoma antiguo y que están revolucionando nuestro conocimiento sobre la prehistoria de la humanidad. Muchas veces este trabajo depende de la disponibilidad de muestras apropiadas. No somos capaces de revivir un dinosaurio, pero veamos tres ejemplos de lo que hoy en día podemos hacer con el DNA antiguo: ¡vas a alucinar!

Los secretos escondidos en un “chicle” de la Edad de Piedra

En diciembre de 2019 se publicó en la revista Nature Communications (1) un interesante trabajo en el que describían cómo había logrado secuenciar el genoma humano completo y el microbioma de la boca de un individuo que vivió hace 5.700 años, a partir de una goma de resina de abedul. Esta goma había sido usada como si fuera un chicle y conservaba el DNA de la persona que lo mascaba y permitió incluso identificar las bacterias de su boca y lo que había comido antes de masticarlo.



En realidad la muestra era una especie de bola oscura de brea o resina que se producía al calentar la corteza de abedul, que se usaba entonces para pegar herramientas de piedra. La presencia de marcas de dientes sugiere que la sustancia fue masticada, quizás para hacerla más maleable o incluso para aliviar el dolor. Estaba enterrada bajo una capa de lodo, lo que ha ayudado a su preservación, y provenía de un yacimiento de la Edad de Piedra en Saltholm, una isla danesa en el mar Báltico.

Es la primera vez que se extrae un genoma humano antiguo completo de otro material que no sea un hueso

De esta muestra han podido extraer suficiente DNA humano como para secuenciar el genoma completo del individuo. Hoy las técnicas de genómica forense permiten detectar determinados genes o mutaciones que proporcionan mucha información sobre las características del individuo del que proviene ese DNA. Así, el análisis de este genoma antiguo ha permitido desvelar que se trataba de una mujer, genéticamente vinculada con los cazadores-recolectores de la Europa continental. Probablemente descendía de una población de colonos que se trasladó desde Europa occidental, después de que se retiraran de los glaciares. Además, han podido determinar que tenía la piel oscura, el cabello castaño oscuro y los ojos azules. Aunque esto no está en los genes, los investigadores la han puesto nombre: Lola. Saben incluso que Lola era intolerante a la lactosa. En el genoma no encontraron la mutación que permite a la mayor parte de los humanos modernos beber leche animal sin indigestarse.



Recreación artística del aspecto que pudo tener Lola (Tom Björklund)

Los investigadores también pudieron extraer DNA de los microbios atrapados en el "chicle". El análisis demostró que la mayoría pertenecía a microbios beneficiosos de la microbiota oral humana. Pero también detectaron DNA de algunas bacterias patógenas como Porphyromonas gingivalis y Treponema denticola que causan infecciones en las encías y periodontitis, y el virus Epstein-Barr, uno de los más comunes y que actualmente infecta al 90% de la población humana adulta. De las secuencias de DNA que obtuvieron fueron capaces también de reconstruir el genoma completo de Streptococcus pneumoniae, una bacteria que puede causar neumonía. Sin embargo, los investigadores afirman que los datos no permiten saber el estado de salud de Lola.

Pero además, los investigadores hallaron restos de DNA que no eran ni humanos ni bacterianos: unos eran de origen animal, de un ánade o pato real; y otros de procedencia vegetal, de avellanas. De ahí, que deduzcan que Lola debió de comer pato con avellanas poco antes de mascar el “chicle” de abedul.

Los microbios de los neandertales

Pero estas técnicas no solo nos permiten conocer la historia de nuestros antepasados de la Edad de Piedra, sino irnos incluso mucho más lejos, hasta los neandertales, con los que convivimos durante unos miles de años. Habitaron Europa y Asia Occidental desde hace aproximadamente 200.000 años, hasta que definitivamente se extinguieron hace unos 28.000 años. Eran principalmente cazadores y solían vivir en pequeños grupos de unos 15-30 individuos. Convivieron con los Homo sapiens durante el Pleistoceno y, según los últimos datos genómicos, en nuestro genoma actual hay restos de DNA neandertal, lo que demuestra que nos cruzamos, en el sentido sexual de la palabra, en algún momento de la prehistoria.

Pero los neandertales se extinguieron y solo nos han llegado hasta nuestros días unos pocos huesos. El registro fósil de los neandertales está representado por unos 400 individuos. Obviamente de sus microbios no sabemos nada … o casi nada.

Hace unos pocos años, en 2017, se publicó un trabajo (2) en el que descubrieron que al estudiar algunos huesos de la dentadura de los neandertales, en las caries dentales, quedaba preservado DNA microbiano y que su análisis podría darnos mucha información sobre cómo era la microbiota de nuestros antepasados. Así que extrajeron el DNA de las caries, y lo secuenciaron. Emplearon muestras de caries de cinco neandertales, dos de la cueva de El Sidrón en España, dos belgas y un italiano.


Comprobaron que el 93% de las secuencias eran bacterianas, el 6% de arqueas y el resto de microorganismos eucariotas y virus. Fueron capaces de caracterizar hasta 222 especies de bacterias y los grupos bacterianos más frecuentes eran similares a los que nos podemos encontrar en la placa dental de humanos modernos: Actinobacterias, Firmicutes, Bacteroidetes, Fusobacterias, Proteobacterias y Espiroquetas. Obviamente también encontraron secuencias de bacterias que producen caries y otras enfermedades dentales, como Streptococcus mutans. Un dato interesante es que fueron incluso capaces de secuenciar el genoma casi completo de una de las bacterias del neandertal, que han denominado Methanobrevibacter oralis subsp. neandertalensis, o sea una arquea simbionte que produce metano encontrada en la boca de un neandertal. Han podido incluso estimar su antigüedad en unos 48.000 años.

Methanobrevibacter oralis subsp. neandertalensis es el genoma microbiano más antiguo hasta ahora secuenciado

Además, con los datos del DNA preservado en sus dientes, los científicos fueron capaces de determinar que la dieta de los neandertales belgas era a base de carne de rinocerontes lanudos y muflones —un tipo de cabra salvaje europea—, mientras que la de los españoles era vegetariana, a base de champiñones, musgos y piñones —todavía no habían inventado ni la cerveza belga ni la paella—. En los dientes de los neandertales de El Sidrón también han encontrado secuencias de DNA del hongo Penicillium, que produce antibióticos. Los autores lo han interpretado como que ya nuestros antepasados se medicaban miles de años antes del descubrimiento de los antibióticos, pero teniendo en cuenta que la cueva de El Sidrón está en Asturias, bien pudiera ser que ya comían queso de Cabrales prehistórico (je, je).

Los investigadores también examinaron la diversidad microbiana en las muestras de los neandertales en busca de potenciales microorganismos patógenos que fueran un signo de enfermedad. Encontraron secuencias de un microorganismo eucariota patógeno —Enterocytozoon bieneusi— que infecta las células del epitelio intestinal y produce diarreas. Así que se demuestra que los neandertales… tenían diarrea. También encontraron que la microbiota neandertal contenía menos bacterias Gram-negativas potencialmente patógenas, que son más frecuentes en los humanos modernos. Pero sí detectaron especies potencialmente patógenos como Neisseria gonorrhoeae, Corynebacterium diphteriae o Bordetella parapertussis, aunque no es posible asegurar si estas secuencias son en realidad de cepas similares no patógenas. Así que no podemos afirmar con seguridad que los neandertales padecieran gonorrea, difteria o tosferina, pero sí que tenían caries y diarrea…, y que producían metano.

El rostro de los denisovanos en un meñique

Pero quizá lo más alucinante de todas estas técnicas de análisis de DNA antiguo lo hemos conocido hace unos pocos meses. En septiembre de 2019 se publicó un artículo (3) en el que mostraban la reconstrucción del aspecto físico de un tipo de homínido gracias a un novedoso método a partir del análisis genómico de la falange de un meñique.

El homínido en cuestión eran un denisovano, un grupo de homínidos cuya historia es apasionantes. Se trata de unos antepasados nuestros que vivieron en Siberia y Asia oriental hace más de 50.000 años y que son un misterio para los científicos. Se descubrieron hace solo una década en las cuevas de Denísova en los montes Altái de Siberia. De los denisovanos solo se han encontrado cuatros trocitos fosilizados: una falange de dedo meñique, tres dientes y una mandíbula inferior. Nada más. Pero a partir de ahí, se ha podido extraer, secuenciar y analizar el genoma de los denisovanos. Al contrario de lo que ocurre con el resto de especies humanas que han sido identificadas gracias a sus fósiles, de los denisovanos todo lo que conocemos lo sabemos a partir del análisis de su DNA.

Se ha sugerido que este homínido vivió entre hace un millón de años y 40.000 años, en áreas en las que también vivían neandertales y Homo sapiens. Su origen se encontraría en una migración de África distinta de las asociadas con humanos modernos y neandertales. El análisis del DNA indica que debió de existir un ancestro común entre denisovanos, neandertales y el Homo sapiens.


Y lo mismo que ocurrió con los neandertales, los denisovanos también se cruzaron con los sapiens que vivía en Eurasia en ese momento. No solo eso sino que las pruebas genéticas demuestran que uno de los restos de denisovanos tiene cromosomas que heredó de una madre neandertal y de un padre denisovano. Es decir, se trata de un descendiente híbrido directo de dos “especies” humanas distintas y ahora extintas.

Parece mentira que todo esto lo sepamos del análisis del DNA extraído de ​la falange de un meñique fosilizado. Pero todavía nos queda lo mejor.

Como hemos comentado, en septiembre de 2019 se publicó un artículo en el que mostraban la reconstrucción del aspecto físico de un denisovano a partir del análisis genómico del huesecillo del meñique. Para ello, los investigadores han aplicado una nueva técnica de análisis genómico que permite descubrir los patrones de metilación (un tipo de modificación química del DNA) que se relacionan con la expresión de determinados genes.

La metilación del DNA te permite saber qué genes están “encendidos” o “apagados”

Así se ha podido asociar cambios en la actividad de los genes con cambios anatómicos para predecir así la apariencia física. Se identificaron un centenar de genes silenciados en los denisovanos que, por el contrario, sí estaban activos en sapiens y neandertales. Estos datos se cruzaron con la información recogida en enormes bases de datos de enfermedades monogénicas (causadas por un único gen) que provocan un determinado desarrollo morfológico. Tras realizar el estudio genético, pudieron determinar algunas características anatómicas de nuestros parientes y realizar un diseño de su cabeza y cara mediante programas informáticos.

Para comprobar la eficacia del método, los investigadores primero demostraron que su técnica era capaz de reconstruir con precisión la anatomía ya conocida de los neandertales y los chimpancés. Los resultados fueron comparados con un esqueleto de neandertal y los rasgos predichos coincidían entre el 85% y el 90%. En el caso de los chimpancés, el acierto se incrementaba hasta el 92%.



Modelo anatómico de un denisovano (Fuente: ref 3)

Así, han podido estimar hasta 56 rasgos que caracterizan la fisionomía de los denisovanos, 34 de ellos del cráneo. Solo once son específicos de los denisovanos, mientras que el resto son compartidos con neandertales o humanos modernos.

En muchos rasgos se parecían a los neandertales, por ejemplo, en su frente inclinada, la cara alargada y la pelvis grande. Sin embargo, en otros rasgos resultan diferentes, como su gran arco dental, su cráneo mucho más ancho que el nuestro o el de los neandertales, y el que no tenían mentón. En general, los denisovanos resultaban ser más altos y fuertes que los neandertales. Este trabajo demuestra que el estudio de la metilación del DNA puede emplearse para reconstruir características anatómicas de las que incluso no haya registro fósil.


Así debían ser los denisovanos, según el análisis del DNA de uno de sus meñiques

Estos tres ejemplos, la fisionomía del rostro de los denisovanos, los microbios que tenían los neandertales o cómo eran nuestro antepasados de la Edad de Piedra, demuestran de lo que somos capaces de hacer hoy en día con las técnicas genómicas a partir de un huesecillo de un meñique, de una caries fosilizada o de un “chicle” de hace miles de años. Lo de Jurassic Park, ¿seguirá siendo ciencia ficción?

Referencias:

(1) A 5700 Year-Old Human Genome and Oral Microbiome From Chewed Birch Pitch. Jensen, T.Z.T., y col. Nat Commun 2019. 10 (1): 5520.

(2) Neanderthal Behaviour, Diet, and Disease Inferred From Ancient DNA in Dental Calculus. Weyrich, L. S., y col. Nature. 2017. 544 (7650), 357-361.

(3) Reconstructing Denisovan Anatomy Using DNA Methylation Maps. Gokhman, D., y col. Cell. 2019. 79 (1), 180-192.