viernes, 19 de junio de 2020

Isabel Morgan, la lucha contra la polio

El 21 de junio de 2002 Europa quedó libre de la polio

La poliomielitis es una enfermedad infecciosa que ha causado epidemias desde hace siglos. Está causada por un virus que invade el sistema nervioso y tiene consecuencias deformantes e invalidantes. Puede paralizar los músculos de la respiración y causar la muerte. La polio puede afectar a cualquier edad, pero es mucho más grave en niños menores de cinco años.



Ha sido una de las enfermedades más extendidas en el siglo XX, hasta la aparición del SIDA. A mediados de los años 50, hubo importantes epidemias de polio por todo el mundo. En España, la polio causó más de 20.000 afectados. En aquella época había un auténtico terror a esta enfermedad debido también a su “misteriosa” incidencia estacional, entre julio y octubre. A muchos niños no se les permitía incluso salir a jugar fuera de casa por miedo al virus.

Si buscas en internet imágenes con la palabra “polio” verás impactantes fotografías de las lesiones que el virus causa en las extremidades, sobre todo en niños. También podrás ver imágenes de pabellones de hospitales llenos de niños dentro de pulmones de acero, un sistema de ventilación mecánica que se empleaba para forzar la respiración cuando la persona perdía el control de sus músculos torácicos debido a la polio.


Enfermos en pulmones de acero en la sala de la polio del Centro Nacional de Rahabilitación Rancho Los Amigos (California), en 1953.

Entre 1955 y 1962 se desarrollaron las vacunas contra la polio: la primera fue desarrollada por Jonas Salk, con virus muertos; y la segunda por Albert Sabin usando virus vivos atenuados. Las campañas de inmunización masivas impulsadas por la OMS, combinando ambas vacunas, han conseguido que la poliomielitis puede ser la segunda enfermedad infecciosa humana erradicada del planeta, después de la viruela.

En esta apasionante historia de éxito contra la poliomielitis hay un nombre de mujer, que ha pasado desapercibido para muchos. Se trata de la norteamericana Isabel Morgan (1911-1996). Probablemente su interés por la ciencia lo heredó de su padre, Thomas Hunt Morgan, que trabajando con la mosca de la fruta (Drosophila melanogaster) descubrió que los genes están en los cromosomas. Por eso, recibió el Premio Nobel de Medicina de 1933. Gracias a sus trabajos, Drosophila se convirtió en uno de los organismos modelo más importantes en Genética.

Isabel se graduó en la Universidad de Stanford y se doctoró en Bacteriología en la de Pennsylvania. En 1944 formó un grupo de investigación con David Bodian y Howard Howe de la Universidad Johns Hopkins en Baltimore. Fueron años de intenso trabajo y juntos realizaron descubrimientos básicos para entender la enfermedad y la biología del virus. Descubrieron que la principal ruta de infección y de entrada del virus era la digestiva, y no la respiratoria; que existían tres tipos distintos del virus; y que durante la infección había una fase de viremia, presencia del virus en sangre.



Isabel Morgan nació en octubre de 1911 y falleció con 84 años en octubre de 1996 (Imagen coloreada por Daniel Gómez @amloii)

Pero una de las grandes aportaciones de Isabel fueron sus estudio en modelos animales. Isabel desarrolló un prototipo de vacuna experimental con virus de la polio muertos inactivados con formaldehido. Vacunó un grupo de chimpancés y comprobó que quedaban protegidos y resistían inyecciones con altas concentraciones de virus vivos, trabajo que publicó en 1948. Fue la primera evidencia experimental de una vacuna contra la polio. Isabel se resistió a realizar ensayos clínicos en seres humanos hasta no estar completamente segura de su inocuidad. Todos estos estudios fueron la base para que unos pocos años después J. Salk desarrollara la primera vacuna contra la poliomielitis.

A partir de 1949 su historia personal es casi desconocida, por ser estrictamente privada. Dejó la investigación, se casó y se dedicó en pleno a su propia familia.

En la pequeña ciudad de Warm Spring, en el estado de Georgia (EE.UU.) hay un monumento con los bustos esculpidos de los quince héroes que participaron en la lucha contra la poliomielitis. Entre ello, la única mujer, Isabel Morgan.


Los héroes que lucharon contra la polio. Desde la izquierda: Thomas M. Rivers, Charles Armstrong, John R. Paul, Thomas Francis Jr., Albert Sabin, Joseph L. Melnick, Isabel Morgan, Howard A. Howe, David Bodian, Jonas Salk, Eleanor Roosevelt y Basil O'Connor. Falta John F. Enders que no pudo asistir.


Aquí os dejo un video sobre Isabel Morgan, de la colección "La mujer en la ciencia" del Museo de Ciencia Universidad de Navarra, en colaboración con Women for Science & Technology




lunes, 15 de junio de 2020

Guía visual del coronavirus

Algunos enlaces e imágenes para entender cómo es y 
cómo se multiplica el SARS-CoV-2

Estructura y genoma de SARS-CoV-2


Fuente: Vega Asensio e Ignacio López-Goñi. 
Disponible en inglés, castellano y euskera en Wikimedia Commons.

También te puede interesar:





El rastreador de vacunas (Fuente: NYT).


Ciclo de multiplicación celular del SARS-CoV-2:

Fuente: Vega Asensio e Ignacio López-Goñi.
Disponible en inglés, castellano, italiano y euskera en Wikimedia Commons.


La animación en 3D más espectacular que vas a ver del coronavirus:



lunes, 1 de junio de 2020

¿Habrá una segunda ola del nuevo coronavirus?


Si queremos ser breves, la respuesta es “no lo sabemos”

Pero podemos hacer algunos comentarios. Nos podemos fijar, por ejemplo, en qué ha ocurrido en otras situaciones similares. En el siglo pasado hubo tres pandemias de gripe. La de 1918 fue la más mortífera. Se desarrolló en tres oleadas: en primavera de 1918, en otoño de ese mismo año y en invierno de 1919. La realmente virulenta y mortal fue la segunda en la que ocurrieron el 64% de los fallecimientos. En realidad, la primera oleada fue la menos fuerte, solo fue responsable del 10% de los muertes de aquella pandemia. En la segunda oleada, se han podido documentar cambios en el genoma del virus que podrían explicar que fuera más virulento. En 1957 apareció un nuevo virus gripal que originó la “gripe asiática”, que cursó también en tres olas epidémicas: la primera en primavera-verano de 1957 y con una incidencia relativamente baja, la segunda a principios de 1958 y la tercera en invierno entre 1958 y 1959. La mortalidad fue más alta en las dos segundas olas. Diez años después, en 1968 un nuevo virus de la gripe causó la denominada “gripe de Hong Kong” cuya difusión fue más lenta e irregular, comenzó en otoño-invierno en el hemisferio norte y le siguió una segunda ola el invierno siguiente con una mayor incidencia. La última pandemia de gripe, la denominada “gripe A” de 2009-2010, finalmente no tuvo tanta incidencia y acabó teniendo el efecto de una gripe estacional. De hecho este virus acabó adaptándose al ser humano y siendo una de las cepas que circulan y predominan desde entonces cada año. Como vemos, lo de las segundas y terceras olas más letales ha ocurrido con el virus de la gripe con anterioridad.

En el caso del SARS-CoV2, la aparición de nuevas olas epidémicas dependerá del propio virus, de su capacidad de variación y adaptación al nuevo hospedador, al ser humano; de nuestra inmunidad, de si realmente estamos inmunizados y protegidos contra él; y de nuestra capacidad de trasmitirlo y controlarlo.

El virus

¿Puede el virus mutar y hacerse más virulento como ocurrió con el de la gripe de 1918? 

No lo sabemos. Pero a diferencia de la gripe, SARS-CoV2 no es el campeón de la variabilidad. El virus de la gripe también tiene un genoma de ARN, pero son ocho pequeños fragmentos que se pueden mezclar con otros tipos de virus de gripe aviar o porcina, dando lugar a nuevos reagrupamientos. Su capacidad de mutación y de recombinación es mucho mayor, por eso las vacunas de la gripe hay que cambiarlas cada año y se originan virus pandémicos con más frecuencia. Desde que comenzó el SARS-CoV2, se han secuenciado y comparado los genomas de varios miles de aislamientos y, … ¡Claro que el virus muta! Todos los virus mutan, pero de momento, como esperábamos, éste parece un virus mucho más estable que el de la gripe. Quizá sea porque este coronavirus tiene una proteína (nsp14-ExoN) que actúa como una enzima capaz de reparar los errores que pueden ocurrir durante la replicación del genoma. Por lo tanto, aunque en este caso sigue siendo válida esa definición de virus como una “nube de mutantes”, el SARS-CoV2 parece que de momento no acumula mutaciones que afecten a su virulencia.

Pero además, en otras ocasiones se ha comprobado que los virus al “saltar” de una especia animal a otra, como en este caso, con el tiempo se van adaptando al nuevo hospedador y van disminuyendo su virulencia. O sea, que no siempre que un virus muta es para hacerse más virulento, sino generalmente lo contrario. De todas formas, habrá que seguir vigilándolo de cerca.

La inmunidad de grupo

¿Estamos ya inmunizados contra este virus? 

Para evitar la extensión de una epidemia hay que cortar la cadena de transmisión del virus. Esto se consigue cuando hay un número suficiente de individuos (por lo menos más del 60%) que están protegidos contra la infección, actúan como una barrera e impiden que el virus alcance a aquellos que todavía podrían contagiarse. Esto es lo que se denomina inmunidad de rebaño, de grupo o colectiva, se consigue cuando la gente ha pasado la enfermedad o cuando se vacuna. Pero contra este virus todavía no tenemos una vacuna. ¿Hay inmunidad de grupo contra este virus? Pues parece que no. En el estudio preliminar sobre seroprevalencia de la infección por el coronavirus SARS-CoV2 en España, una de las conclusiones más importantes es que la prevalencia nacional se sitúa en el 5%: algunas comunidades presentaban prevalencias inferiores al 2%, mientras que otras superan el 10%. Estos datos se obtuvieron mediante la detección de los anticuerpos IgG anti SARS-CoV2 mediante la técnica de inmunocromatografía, los test rápidos. En definitiva lo que indican es que como mucho, en algunas zonas, no más del 10% de la población ha tenido contacto con el virus. Estamos muy lejos de ese 60% o más, necesario para conseguir la inmunidad de grupo.

Pero todo esto es mucho más complejo de lo que parece. Todavía no sabemos si el tener anticuerpos contra el SARS-CoV2, o sea, el haber dado positivo en los test serológicos, realmente te asegura que estés inmunizado frente al virus. No sabemos, a ciencia cierta, cuánto tiempo duran esos anticuerpos ni si son neutralizantes, si bloquean al virus y te protegen de una segunda infección. Tampoco tenemos datos de la inmunidad celular, esa otra parte de nuestro sistema de defensa que no depende de los anticuerpos sino de las células y que es muy importante para vencer las infecciones virales.

Es cierto, que en el caso de otros coronavirus, el haber pasado la infección y haber generado anticuerpos, estos duran unos meses o años y parece que tienen cierto efector protector, pero esto también puede depender de la persona (no en todas las personas ocurre lo mismo). También es cierto que hay algunos ensayos con plasma de pacientes curados del coronavirus que está bloqueando al virus y tienen un efecto beneficioso en personas infectadas, lo que demostraría que esos anticuerpos son protectores. En ensayos con macacos infectados con el virus se ha comprobado que sus anticuerpos sí les protegen frente a una segunda infección. Pero esto se ha hecho en macacos. También se ha sugerido que el haber tenido contacto previo con otros coronavirus, los que producen los catarros y resfriados comunes, podría tener cierto efecto protector contra el SARS-CoV2. Esto de momento solo se ha demostrado en ensayos in vitro, pero podría explicar la gran cantidad de personas asintomáticas. En definitiva, la inmunidad de grupo… ¡Sigue siendo un misterio!

Tres posibles escenarios

Teniendo todo esto en cuenta, algunos (1) han propuesto tres posibles modelos.

1) Una segunda ola mucho más intensa en invierno de 2020 seguida de olas más pequeñas a lo largo de 2021. Este escenario sería similar a las pandemias de gripe, pero ya sabemos que este coronavirus no es una gripe, no tiene porque comportarse igual. Este escenario, podría requerir volver a algún tipo de medidas de confinamiento más o menos intensas durante el otoño-invierno para evitar de nuevo el colapso del sistema sanitario.



2) Varias olas epidémicas durante un periodo de uno o dos años. Este primer pico epidémico que acabamos de sufrir estaría seguido de olas repetitivas que ocurrirían de forma consistente durante un par de años hasta desaparecer en algún momento en 2021-22. La frecuencia e intensidad de estos rebrotes dependería de las medidas de control de cada país.



3) Pequeños brotes sin un patrón claro de nuevas olas epidémicas. Esta primera ola estaría seguida de pequeños rebrotes que se irían apagando poco a poco, dependiendo también de las medidas de control y contención de cada país. Este escenario no requeriría volver a medidas tan drásticas de confinamiento, aunque el número de casos y de muertes podría continuar durante un tiempo.



En cualquier caso parece que no podemos descartar que el virus SARS-CoV2 continúe circulando entre nosotros durante un tiempo, quizá se acabe sincronizando con la época invernal, y vaya disminuyendo su severidad. Aunque no haya nuevas olas epidémicas, incluir un nuevo virus respiratorio que puede tener consecuencias muy graves para un grupo importante de la población, en la lista de decenas de virus respiratorios que nos visitan cada año, no es una buena noticia. Cada temporada de gripe se saturan las urgencias de muchos hospitales, añadir un nuevo virus ya es un problema.

Controlar y evitar rebrotes: adelantarse al virus

El virus no ha desaparecido. Yo me inclino, es más una esperanza que una certeza, por el tercer escenario: pequeños brotes sin un patrón claro de nuevas olas epidémicas que se irán apagando poco a poco. Pero no olvidemos que eso puede seguir dejando muertos por el camino. Esto es lo que está ocurriendo en otros países, que ya habían terminado su primera ola antes que nosotros, como Corea del Sur. En España, también se han producido rebrotes en algunas ciudades durante el inicio de la desescalada. En la mayoría de los casos, has estado relacionados con aglomeraciones de población (fiestas o comidas familiares). Pero no podemos estar confinados eternamente ni podemos esterilizar todos los ambientes: “es imposible … y además no se puede hacer”. Para disminuir la frecuencia e intensidad de estos rebrotes son fundamentales dos acciones. 

Por parte de los ciudadanos: evitar el contagio. Ya sabemos cómo se transmite el virus y que, afortunadamente, es fácil de inactivarlo. Los contagios son más frecuentes en ambientes cerrados o con mucha gente. No lo olvidemos: mucha gente, muy junta y moviéndose es lo mejor para el virus. Evitar aglomeraciones, distanciamiento entre personas, uso de mascarillas, higiene frecuente de manos, limpieza y desinfección (en ese orden), seguir las recomendaciones de Sanidad. Esto es lo que hay que exigir al ciudadano, no nos podemos relajar.

Por parte de las autoridades sanitarias: rastrear al virus. No podemos seguir como hasta ahora detrás del virus, hay que tomarle la delantera. Hay que instaurar un sistema capaz de detectar a una persona infectada al menor síntoma, poder rastrear y obtener información de sus contactos, hacerles un seguimiento clínico y test de PCR y serológicos, y si es necesario aislarlos. Detectar un brote y aislarlo. Esto requiere personal, equipamiento y sistemas de diagnóstico. Y hay que estar preparados para que el sistema sanitario no vuelva a colapsarse. Esto es en lo que hay que ocuparse ahora mismo, a lo que hay que dedicar todos los recursos, no en hacer test masivos a toda la población, para sacar “una foto fija” de la situación. Las decisiones tienen que ser por razones sanitarias, no políticas. Esto es lo que hay que exigir a nuestros gobiernos, tampoco pueden relajarse.

Si has estado en contacto estrecho sin las medidas de precaución con alguien que haya tenido síntomas de COVID-19, a menos de 2 metros durante más de 15 min, tú deberías aislarte durante 14 días, y deberías exigir a las autoridades sanitarias que te hicieran los test a la persona con síntomas y a ti.

Puede haber una segunda o más olas, … o puede que no. Ahora hemos apagado el incendio, pero no lo hemos extinguido, quedan rescoldos que pueden avivar el fuego. El relajamiento de las medidas de confinamiento no es porque hayamos vencido al virus, es porque también hay que salvar el medio de vida. Un confinamiento muy largo también puede causar muertes. No vamos a acabar con el virus, lo podemos esquivar. Podemos mitigar sus efectos. No puede volver a ocurrir lo que ha pasado, esta vez sí que tenemos que proteger a los más débiles. Y eso depende de los ciudadanos y de los gobiernos.

(1) COVID-19: The CIDRAP Viewpoint. Part 1: "The future of the COVID-19 pandemic: lessons learned from pandemic influenza" (Abril 30, 2020). (Fuente de las imágenes).

viernes, 8 de mayo de 2020

June Almeida, la técnica de laboratorio que descubrió los coronavirus

June Almeida, la mujer que descubrió los coronavirus

En 1965 se describieron un nuevo tipo de virus respiratorios humanos, “parecidos al virus de la gripe”, muy difíciles de cultivar en el laboratorio y que solo se podían detectar infectando voluntarios. La naturaleza exacta de esos virus era un misterio, hasta que en 1967, se desarrolló un nuevo método para poder verlos por microscopía electrónica. La técnica, absolutamente novedosa, consistía en emplear anticuerpos marcados que se unían a las partículas virales y así poderlas ver al microscopio. Las imágenes que los investigadores obtuvieron les recordaban al halo que se observa en el sol, la corona solar y decidieron llamarlos corona-virus. Habían nacido un nuevo tipo de virus respiratorios: los coronavirus.

Coronavirus. Nature (220), November 16, 1968. 

La persona que desarrolló aquella técnica de microscopía era una joven mujer de 34 años y se llamaba June Almeida. Nació en Glasgow (Escocia) el 5 de octubre de 1930. Era de familia humilde, su padre era conductor de autobús, y a los 16 años tuvo que abandonar la escuela, porque no podía pagarse la educación superior, a pesar de ser una estudiante brillante.

Su primer empleo fue como técnica de laboratorio en el Glasgow Royal Infirmary, donde se especializó en el manejo del microscopio electrónico para analizar muestras de tejidos biológicos. En 1963 emigró a Canadá donde encontró trabajo en el Ontario Cancer Institute de Toronto, ahí comenzó a desarrollar nuevas técnicas y publicó varios artículos en los que describía cómo era la estructura de los virus.

June Almeida, trabajando con el microscopio en 1956. Foto: Getty.

Así, su nombre se hizo conocido en el ámbito científico, por lo que le ofrecieron volver a Londres para trabajar en el St Thomas junto al doctor David Tyrrell, quien estaba realizando investigaciones en el resfriado común y con quién acabó descubriendo los coronavirus. Curiosamente las primeras fotografías no llegaron a publicase hasta dos años después porque al principio se consideraron que era malas imágenes de partículas del virus de la gripe.

 Primeras imágenes de un coronavirus obtenidas por June Almeida, 
publicadas en 1967 (Referencia).  

Almeida acabó doctorándose en la Escuela Médica de Posgrado de Londres, y terminó su carrera en el instituto británico Wellcome, donde participó en varias patentes en el campo de las imágenes de virus.  

June Almeida fue pionera en identificación, diagnosis y obtención de imágenes de virus, fue la primera persona que vio los coronavirus usando técnicas de microscopia que ella misma desarrolló. Aquella nueva técnica, aunque muy sencilla, revolucionó el campo de la virología. También fue la primer persona en fotografiar y ver el virus de la rubeola.

Almeida se retiró de la virología en 1985, pero siempre se mantuvo activa. A finales de los 80, ayudó a publicar algunas de las primeras imágenes en alta calidad del virus VIH. Falleció en 2007 a los 77 años de edad.

Todavía hoy en día los investigadores emplean sus técnicas para la identificación de los virus mediante microscopia electrónica. Más de cincuenta años después de que ella viera por primera vez los coronavirus, hoy el trabajo de Almeida es más relevante que nunca.

Aquí os dejo un video sobre June Almeida, de la colección "La mujer en la ciencia" del Museo de Ciencia Universidad de Navarra, en colaboración con Women for Science & Technology



Para saber más: June AlmeidaBMJ 2008; 336: 1511.

viernes, 24 de abril de 2020

¿Por qué COVID19 puede llegar a ser mortal en unas personas y en otras no causar síntomas?


La gravedad de la infección por el coronavirus SARSCov2 puede depender de cómo entra al interior de las células y de su efecto sobre el sistema inmune.

NOTA: Todo lo que voy a contar a continuación solo tienen finalidad divulgativa y educativa, no es un artículo científico ni clínico, y muchas hipótesis que aquí se sugieren deberían ser confirmadas experimentalmente.

El receptor ACE2

La entrada del virus a las células depende de la unión específica de proteínas del virus con receptores celulares. En el caso concreto del coronavirus SARSCov2, la proteína S de su envoltura interacciona con el receptor ACE2 de la superficie de la célula. Este receptor celular ACE2 se expresa en las células de endotelios, arterias, pulmón, corazón, riñón e intestinos. ACE2 es una enzima que degrada la angiotensina II (un péptido vasoconstrictor que actúa como una hormona) en angiotensina (un vasodilatador). La angiotensina II aumenta la presión sanguínea y la inflamación.

Ciclo de multiplicación del SARSCov2 (Fuente)

La interacción del SARSCov2 con las células lleva consigo una disminución de la función de ACE2. Esto puede manifestarse como un aumento de la concentración de angiotensina II, especialmente a nivel de los endotelios. Lo que a su vez genera una vasoconstricción, un aumento de la inflamación y de la presión arterial. Por eso, la infección por SARSCov2 no es solo una neumonía, y se puede manifestar como un síndrome respiratorio agudo (por afectar a los epitelios alveolares), como un daño renal, hepático, cardiaco e incluso cerebral. Por eso, también, las personas con enfermedades como cardiopatías, EPOC, diabetes, enfermedades hepáticas o renales crónicas, hipertensión u obesos, son más susceptibles. Y por eso también, en niños pequeños, donde la manifestación de la infección es muy leve, puede afectar a los endotelios superficiales y cursar con alteraciones dermatológicas.

También, las diferencias en esos receptores ACE2 podría explicar por qué unas personas pueden ser más susceptibles o incluso resistentes a la infección. El gen que codifica este receptor es polimórfico, es decir, tiene distintas variantes genéticas distribuidas en la población. Por eso, tener una variante determinada podría hacer que el virus entrara más fácilmente en las células y que fueras más vulnerable al virus, o todo lo contrario. También se ha sugerido que los niños pequeños pueden tener una menor expresión del receptor ACE2 en sus células, lo que les podría conferir una mayor resistencia al virus.

La tormenta de citoquinas

Una infección viral activa nuestras defensas. Durante los primeros días, ocurre una respuesta equilibrada de nuestro sistema inmune: se activan los macrófagos, que destruyen al virus, y a su vez producen unas sustancias denominadas citoquinas (pequeñas proteínas o péptidos con función reguladora) que alertan al resto de las células del sistema de defensa. Los linfocitos B se transforman en células plasmáticas que producen anticuerpos contra el virus, para neutralizarlos y favorecer su reconocimiento. Los linfocitos T, a su vez, se transforman en células capaces de reconocer y destruir a las células ya infectadas por el virus. Al mismo tiempo se activan células memoria, para prepararnos para el próximo encuentro con el virus. Toda esta respuesta está perfectamente controlada y equilibrada, y depende de la correcta liberación de esas citoquinas que hemos mencionado. En la mayoría de los casos, nuestro sistema inmune acaba venciendo al virus y la infección dura dos o tres semanas. La fiebre de los primeros días es una buena señal de que el sistema funciona y de que se está activando. Esto ocurre en el 80% de los casos de infectados por el SARSCov2.

Pero en otras ocasiones, el sistema inmune no responde así: se descontrola, enloquece y te causa más daño que el propio virus. En estos casos puede ocurrir una liberación masiva e incontrolada de esas citoquinas reguladores. Como hemos dicho las citoquinas son responsables de la comunicación entre las células, modulan la diferenciación y proliferación celular y la síntesis y secreción de anticuerpos. Regulan además los procesos inflamatorios. La liberación masiva y la sobre activación de estas citoquinas se denomina tormenta de citoquinas, una sobrecarga que acaba colapsando al sistema inmune. En este caso los macrófagos no son capaces de resolver la infección. Las citoquinas segregadas por los macrófagos favorecen la llegada de nuevos macrófagos y estos, a su vez, producen más citoquinas, lo que puede llevar el sistema inmune al caos. Durante la tormenta de citoquinas se activan sobre todo las citoquinas proinflamatorias, que generan una inflamación continua que se retroalimenta y hace que se liberen todavía más citoquinas. Esto causa un daño tisular grave y se favorece las infecciones bacterianas secundarias. Se genera así una insuficiencia respiratoria y una neumonía. Además, de nuevo se afectan otros órganos, especialmente en personas con otras enfermedades crónicas. Esto puede generar una fallo sistémico, multiorgánico (generalizado) y la muerte.

Este efecto sobre el sistema inmune, podría explicar también por qué los niños son más resistentes a la infección por el SARSCov2 o por qué en ellos la infección es asintomática o muy leve. Quizá el coronavirus “necesita” un sistema inmune maduro y quizá el sistema inmune de los niños al ser más inmaduro sea más reacio a progresar hacia la tormenta. Otra hipótesis que se ha sugerido es que los menores de edad, al haber sido vacunados repetidamente en los primeros años, tienen un sistema innato inespecífico mucho más robusto que los adultos, que les protegería frente a este virus. El sistema inmune innato es la primera barrera contra las infecciones. Por el contrario, las personas mayores, con un sistema inmune más debilitado serían más propensas a esa tormenta de citoquinas.

También, las diferencias en el sistema inmune pueden explicar por qué la COVID-19 es más frecuente en varones que en mujeres. Muchos genes del sistema inmune están en el cromosoma X, y además el mismo sistema inmune está influenciado por los hormonas. Tampoco se puede descartar que las diferencias de sexo sean debidas en parte a que esas enfermedades que agravan la infección por SARSCov2 sean más frecuentes en hombres que en mujeres.  

Por todo esto que estamos contando, los tratamientos experimentales que se están probando en los casos más graves combinan no solo antivirales, si no también interferón, antiinflamatorios, bloqueantes de citoquinas proinflamatorias e incluso antibióticos.

- Este artículo fue también publicado en VozPópuli (23/04/2020).
- También te puede interesar No es una neumonía más: así lanza el coronavirus su ataque silencioso y sistémico (by @aberron en VozPópuli, 23/04/2020).

domingo, 12 de abril de 2020

¿Es demasiado pronto para salir del confinamiento?


Cómo salir de esta: las cuatro fases hacia la “normalidad”

Para la mayoría de nosotros esto es lo más parecido a una guerra que jamás hemos vivido. Después de un mes de confinamiento, muchos nos preguntamos cuándo y cómo volveremos a la “normalidad”, aunque ya intuimos que lo de “normalidad” ya no será normal. Les aseguro que pocas personas tendrán más ganas que yo de salir de casa, pero ¿cómo, cuándo y a qué velocidad salimos de esta?

Un grupo de expertos del American Enterprise Institute ha elaborado una guía titulada Respuesta Nacional contra el Coronavirus: una hoja de ruta hacia la reapertura (publicado el 28 de marzo), en la que marca cuatro fases hasta el desconfinamiento total.

Por su parte, la Sociedad Española de Medicina Preventiva, Salud Pública e Higiene (SEMPSPH) ha publicado una propuesta que, en vez de marcar etapas, detalla más de 140 medidas y cuestiones a considerar para las fases de transición de la pandemia en España (publicado el 10 de abril). Ambos documentos coinciden en varios aspectos y recogen recomendaciones para los gobiernos. Resumo y comento aquí algunas de sus propuestas.


Como una vez oí a un maestro de ingenieros, “cuando no podemos trabajar en condiciones óptimas, trabajamos en condiciones subóptimas”, … pero avanzamos. Considero estéril, en este momento, enzarzarnos si el Gobierno tomó las medidas adecuadas en su momento. Lo que importa es lo que se está haciendo desde el 14 de marzo, desde que comenzó en confinamiento (la fase I), y lo que se hará en las próximas semanas. 

Los ciudadanos hemos cumplido con nuestra parte, el confinamiento. Ahora, el cómo, cuándo y a qué velocidad salimos de esta es responsabilidad directa de las autoridades.

FASE I: REDUCIR LA EXTENSIÓN, FRENAR LA CURVA

Es la fase en la que estamos, de confinamiento. El objetivo, como sabemos, es frenar la curva, reducir la velocidad de propagación. No se trata de que haya menos infectados, sino que el crecimiento no sea tan rápido: llegar al famoso “pico de la curva”. Hay que cortar la cadena de transmisión del virus y, como no hay vacuna, el mensaje es “La vacuna eres tú”, “Quédate en casa”.

Durante esta fase lo que deberíamos conseguir es proteger el sistema sanitario, evitar contagios y aumentar nuestra capacidad de respuesta. Hay que evitar el colapso del sistema y proteger a los más débiles y susceptibles de fallecer, los mayores y con patologías previas, algo que desgraciadamente no hemos conseguido en España.

¿Qué medidas habría que tomar y qué habría que conseguir durante esta fase I?

1. Confinamiento para evitar contagios: cierre de lugares públicos, promover teletrabajo (en trabajos no “esenciales”), limitar viajes, cancelar reuniones masivas, quédate en casa, …

2. Asegurar y proteger el sistema sanitario: disponer de la capacidad suficiente, incluida la dotación de personal, número de camas y UCI (incluido material específico como los respiradores), disponer de Equipos de Protección Individual (EPIs) suficientes para todos los trabajadores de la salud y centros sanitarios, disponer del número suficiente de mascarillas quirúrgicas para el personal sanitario y los pacientes, …



(Fuente: @amytsmedicos)

3. Mantener la capacidad de los servicios de Atención Primaria para prestar la atención sanitaria habitual y poder llevar a cabo el seguimiento de los casos en aislamiento domiciliario, promover la teleasistencia de los casos rutinarios y sencillos.

4. Aumentar la capacidad de realizar test de diagnóstico: especialmente a pacientes hospitalizados, personal sanitario y trabajos esenciales, contactos de personas infectadas, residencias de ancianos y personas más susceptibles, cuidadores, … Poder detectar los casos infectados y sus contactos y poder aislarlos.

5. Desarrollar sistemas de vigilancia epidemiológica: disponer de test de diagnóstico seguros, fiables, rápidos y baratos, que nos permitan (en la fase II) poder distinguir entre infectados, convalecientes, curados inmunes y susceptibles de infección.

6. Proporcionar mascarillas para toda la población, para su uso en lugares públicos, dejando las de uso sanitario solo para el personal sanitario, enfermos y cuidadores, mientras no haya material suficiente. Tener la capacidad de reponer los dispensadores para la higiene de manos en ubicaciones estratégicas de edificios públicos, transporte público y lugares de trabajo.

7. Ofrecer lugares de confinamiento voluntario para aquellas personas que lo requieran.


¿Cuánto debería durar esta fase I y podríamos pasar a la fase II?

Los informes marcan tres hitos que se deberían conseguir a la vez para poder seguir avanzando en el desconfinamiento:

1. Que disminuye de forma continuada el número de casos nuevos, durante al menos 14 días consecutivos (el periodo de incubación), y

2. que el sistema sanitario se recupere del colapso y sea capaz de continuar la asistencia de forma adecuada, y

3. que haya disponibilidad de sistemas de diagnóstico que permitan detectar los casos y contactos sintomáticos de forma rápida y aislarlos.

¿Se cumplen en este momento estas tres condiciones para seguir avanzado hacia la siguiente fase? Salvar la vida Y el medio de vida, ese es el dilema.

FASE II: DESCONFINAMIENTO SECUENCIAL

El objetivo de esta segunda fase es no volver hacia atrás, al confinamiento. No volver a colapsar el sistema sanitario y seguir protegiendo a los más susceptibles. Hay que asumir que habrá más oleadas del virus, cuya intensidad dependerá de la cantidad de gente inmunizada en la primera fase. Pero en las siguientes nos tiene que coger preparados. Las medidas de reapertura deben ser secuenciales y habrá que reevaluarlas a cada paso.

Durante esta fase se irán abriendo los negocios (podrá ser de forma secuencia, por turnos, … dependerá del tipo de negocio), los colegios y universidades (si diera tiempo antes de fin de curso).

Se seguirá con la opción del teletrabajo, si es posible.

Se limitarán las reuniones o actos de más de 50 personas.

Se seguirán con las medidas de distanciamiento social, contacto personal, higiene, limpieza de superficies, uso de mascarillas, sin olvidar que la mascarilla misma es un fómite y que el mantenimiento de distancia y el lavado de manos continuarán siendo esenciales. 

Al principio, las personas mayores de 60 años y pacientes inmunodeprimidos, oncológicos o con factores de riesgo cardiovasculares o respiratorios deberán de permanecer en la fase I de confinamiento.

Todas está medidas podrían tener distinta “velocidad” dependiendo de la situación epidemiológica de cada localidad o región: según sean zonas más o menos pobladas, la incidencia de la enfermedad, la situación del sistema sanitario, …. El confinamiento tardará más en levantarse para las poblaciones de riesgo y para las zonas geográficas en las que aparezcan focos.

Durante esta fase II tenemos que ser capaces de:

1. Detectar de forma rápida y eficaz los casos infectados para poder aislarnos en su casa, hospital u otro local voluntariamente. Detectar a sus contactos para ponerlos en cuarentena (14 días), hacer un seguimiento y si tienen síntomas hacerles pruebas diagnósticas. Especial atención a los casos más vulnerables (ancianos, enfermos y cuidadores) que continuarán con las medidas de vigilancia muy estrecha.

2. Evaluar la inmunidad de la población. Detectar a las personas ya inmunes, muchos podrán ser asintomáticos o con síntomas leves y que se hayan recuperado ya de la infección. Es muy importante detectarlo cuánto antes en personal sanitario, trabajos esenciales, cuidadores, …

3. Acelerar el desarrollo de terapias seguras y efectivas, promover los sistemas de investigación, desarrollo, producción y distribución.


Algunas medidas que se recomiendan en los lugares de trabajo, 
en la medida de lo posible (fuente SEMPSPH):

- impulsar y facilitar el teletrabajo, en especial a la población con alta vulnerabilidad.
- considerar estrategias de escalonamiento del personal o de división de la plantilla con horarios alternos.
- recomendar el distanciamiento en el lugar de trabajo.
- crear una política estricta de permanencia en el hogar en caso de enfermedad.
- los empleados con contactos domésticos enfermos se quedaran en casa pudiendo realizar teletrabajo en caso de presentar síntomas.
- implementar la higiene de manos obligatoria a la entrada al lugar de trabajo y establecer momentos regulares para recordarlo. Dotar a las zonas comunes de dispensadores de soluciones alcohólicas ubicados en la entrada de estas zonas.
- promover la etiqueta respiratoria y otras medidas, como evitar tocarse los ojos, la nariz y la boca.
- valorar el uso de EPIs en los lugares de trabajo adecuados a las características de cada puesto de trabajo.
- promoción el almuerzo en el escritorio o puesto de trabajo, en lugar de en el comedor común, siempre que sea posible o en caso contrario, manteniendo siempre la distancia de seguridad entre trabajadores.
- reorganizar la distribución del mobiliario en las zonas comunes para garantizar, en la medida de lo posible, la distancia de seguridad entre trabajadores.
- facilitar la desinfección regular de las superficies de alto contacto y entre los usuarios.
- valora la apertura de ventanas para favorecer el recambio de aire y ajustar el aire acondicionado.
- promover el uso de las videoconferencias para la realización de reuniones evitándose la realización de reuniones presenciales. En caso de precisarse reuniones presenciales se velará por mantener una distancia de al menos 1,5m entre los asistentes y se realizarán preferentemente en lugares con buena ventilación, semi-abiertos o en su defecto aire libre, si es posible.
- valorar de forma escalada la autorización de reuniones y encuentros, tomando en cuenta como límite la asistencia de 10 personas que puedan cumplir en la estancia las medidas de distancia de seguridad, higiene de manos y etiqueta respiratoria.
- proponer la creación de medidas de evaluación y mejora continua en caso de situaciones de hacinamiento en el sitio de trabajo que permita la reprogramación, el escalonamiento y la cancelación de los mismos
- evaluar los riesgos de viajes de negocios del personal de acuerdo con las recomendaciones de Sanidad Exterior.
- promocionar una política de no apretón de manos en el lugar de trabajo.

¿Cuándo podríamos pasar a la fase III?

Según este informe, cuando tengamos una vacuna segura y eficaz (o cuando se compruebe que una gran cantidad de la población está inmune).

FASE III: LEVANTAMIENTO TOTAL DE LAS RESTRICCIONES

Según el informe, el levantamiento total de las restricciones deberá ocurrir cuando volvamos a tener un sistema sanitario robusto y seguro, cuando dispongamos de sistemas de diagnóstico eficaces y estén ampliamente implantados, cuando dispongamos de un sistema eficaz de detección y aislamiento de los focos, cuando dispongamos de terapias para los casos más graves, y cuando dispongamos de una vacuna eficaz.

En mi opinión, todo esto junto es posible que tarde muchos años, si es que llega.



FASE IV: PREPARARSE PARA LA PRÓXIMA PANDEMIA

Ya nadie duda de que esta pandemia pasará pero que otro virus y otra pandemia volverá a golpearnos. Cuándo ocurrirá no lo sabemos, pero ya no es una probabilidad tan remota como la de que nos impacte un meteorito y nos extinga. Por eso, en necesario una cuarta fase en el este proceso, la de preparamos para la siguiente. Durante esta fase habrá que repensar nuestra apuesta por la investigación y el desarrollo, la inversión en ciencia básica, en infraestructuras sanitarias, hacer planes de vigilancia epidemiológica, promover la colaboración público-privada y pensar en global. Hemos aprendido que los virus no tienen fronteras, no conocen nacionalidades, nos hace a todos iguales, no distinguen entre personas, … la respuesta a la próxima pandemia deberá ser global desde el principio: ciencia, cooperación y solidaridad.

lunes, 6 de abril de 2020

Test, test, test: los tres test del coronavirus

(tiempo aproximado de lectura: 11 minutos)

Cómo funcionan y para qué sirven los test de diagnóstico del coronavirus: sensibilidad, especificidad, falsos positivos, falsos negativos

Lo dijo la OMS ya hace unas semanas: test, test, test

Durante una infección, el virus se multiplica activamente. Cuando comienza, el virus se puede detectar en muestras biológicas (frotis faríngeo o nasofaríngeo, aspirado traqueal o lavado broncoalveolar). Primero hay un período de latencia en el que todavía no es posible detectar la respuesta de tu sistema inmune. Pero después de unos días, comienzas a producir anticuerpos. Se producen primero anticuerpos del tipo IgM hasta alcanzar un máximo a los 7-10 días para, más tarde, casi desaparecer. Esta respuesta primaria es indicativa de una infección aguda. Posteriormente se producirá la respuesta inmune secundaria, más rápida, intensa y prolongada. Se producirán anticuerpos de tipo IgG y durarán más tiempo en la sangre. Además, a nivel de las secreciones mucosas, como las respiratorias, juega un papel predominante la IgA.

Para detectar la presencia del virus (detección directa) podemos emplear dos tipos de test: la PCR que detecta el genoma del virus o los test inmunológicos que detectan las proteínas (antígenos) del virus. El tercer tipo de test es el que detecta los anticuerpos que produces como respuesta a la infección, son los test serológicos de detección indirecta del virus. Aunque hay varias modalidades de cada uno de estos tipos de test, vamos a explicar brevemente cómo funcionan.




Detectar el genoma del virus: la RT-PCR

El genoma del coronavirus SARSCov2 es una molécula de ARN monocadena de unos 30 kilobases. Una vez tomada la muestra (el frotis nasofaríngeo o aspirado más profundo), lo primero que hay que hacer es extraer el genoma del virus. Esto normalmente se hace mediante un kit de extracción de ácidos nucleicos. Así, además de inactivar el virus, obtenemos su genoma ARN. A continuación, hay que copiar ese ARN en forma de ADN. Eso se hace con otro kit que emplea una enzima que se denomina transcriptasa inversa o Retro Transcriptasa (de ahí el “RT”, del nombre RT-PCR). Luego, el genoma del virus en forma de ADN se amplifica mediante la Reacción de la Polimerasa en Cadena (PCR, en inglés. Ojo, aquí PCR no significa “proteína C reactiva”). Esta amplificación consiste en hacer millones de copias de un fragmento del ADN, de forma que podamos “visualizarlo” o detectarlo mediante un sistema concreto. El sistema de PCR a tiempo real permite incluso cuantificar la muestra, es decir, saber cuántas copias del virus tenemos por mL. 

Si la reacción es positiva, demuestra que había ARN del virus, es decir que la persona estaba infectada.



Como lo primero que obtuvimos del virus fue su genoma, este tipo de pruebas son las primeras que se desarrollaron. De hecho desde el 13 de enero, la OMS ya publicó el primer protocolo. Normalmente, se suelen realizar dos ensayos: uno de cribado o screening y un segundo confirmatorio. Incluso se puede hacer un tercero adicional de confirmación. Estos tres ensayos de RT-PCR se diseñan para detectar tres genes distintos del virus.

Estos test de PCR son muy específicos y sensibles. Suelen tardar en realizarse unas cuantas horas. Requieren un equipamiento y un personal técnico especializado. Pueden dar resultado positivo en personas antes de que manifiesten síntomas, pero que ya tengan el virus. A lo largo de la enfermedad pueden permitir hacer un seguimiento de cómo va la infección, porque cuando la persona ya se ha curado y no tiene el virus activo, en principio debería dar negativo. No se puede descartar que pacientes convalecientes “sin síntomas” puedan dar positivo en la RT-PCR y seguir siendo portadores del virus.

Detectar las proteínas del virus: test antigénicos

Otra forma de confirmar la presencia del virus es detectar sus proteínas o antígenos. Hay distintas técnicas o soportes sobre los que hacer este tipo de test, pero en definitiva más o menos todos tienen el mismo fundamento. Sobre un soporte se fijan anticuerpos específicos que reaccionarán contra alguna proteína del virus. En este caso es contra las proteínas de la superficie de la envoltura (proteína S), las que se proyectan hacia el exterior y forman esas espículas que dan el nombre a este tipo de virus, corona-virus. Si en la muestra (las mismas que para la RT-PCR) hay partículas virales, éstas quedarán fijadas al anticuerpo. Es como si el virus hubiera sido capturado por el anticuerpo. A continuación, se añade un segundo anticuerpo contra el virus de manera que se forme un emparedado o “sándwich”: anticuerpo-virus-anticuerpo. Este segundo anticuerpo estará marcado o señalado de alguna manera para poner de manifiesto la reacción. 

Si la reacción es positiva, demuestra que había proteínas del virus, es decir que la persona estaba infectada.




Este tipo de test basado en la detección de moléculas es muy habitual en diagnóstico clínico. Su fundamento es el mismo que las tradicionales pruebas de detección de drogas o los test de embarazo. En el caso que nos ocupa, tardó en aparecer en escena porque se requiere el empleo de anticuerpos de captura específicos frente a este virus concreto. La ventaja es que son mucho más rápidos, y según el tipo de soporte, se pueden realizar en unos pocos minutos. No necesitan un equipamiento especifico ni un personal técnico altamente cualificado. Son más baratos. La desventaja es que son mucho menos específicos y sensibles que la RT-PCR.

Un comentario adicional a ambos test de detección directa del genoma o de las proteínas del virus: que la reacción sea positiva no implica que el virus esté activo y sea infectivo. Es decir, podemos detectar su genoma o sus proteínas pero que el virus no esté completo, es decir, podemos estar detectando “restos” del virus. 

Detectar anticuerpos frente al virus: test serológicos

La tercera aproximación consiste en detectar la respuesta inmune frente al virus, los anticuerpos. Es una detección indirecta, no detectamos el virus sino que ponemos de manifiesto la respuesta inmune frente a él. En este caso la muestra que vamos a emplear es una gota de sangre, porque vamos a detectar los anticuerpos que has generado contra el virus.

De nuevo, hay distintas técnicas o soportes sobre los que hacer este tipo de test, pero más o menos todos tienen el mismo fundamento. En este caso, sobre el soporte se fijan proteínas del virus, normalmente las proteínas más expuestas hacia el exterior, como la proteína S de la envoltura. Esto es así porque nuestro sistema inmune lo primero que reconoce es lo que está más hacia el exterior del virus. Como con este test queremos detectar los anticuerpos que producimos, la muestra será una simple gota de sangre. Si en la muestra hay anticuerpos contra el virus, se pegarán y quedarán fijados a las proteínas del virus. A continuación, se añade un segundo anticuerpo contra el anticuerpo humano: estos suelen ser anticuerpos de otro animal que reaccionan contra nuestros propios anticuerpos, porque los anticuerpos humanos en realidad actúan como antígenos en otros animales. Se forma así un trío: proteínas del virus-anticuerpo humano-anticuerpo de otro animal. Este segundo anticuerpo estará marcado o señalado de alguna manera para poner de manifiesto la reacción.


Si la reacción es positiva, demuestra que había anticuerpos contra el virus, es decir, que la persona en algún momento ha estado en contacto con el virus y su sistema inmune ha reaccionado produciendo anticuerpos. Esto no implica necesariamente que esté infectado, quizá se ha curado, o simplemente ha estado en contacto con el virus y no ha tenido síntomas.

Este tipo de test también se ha desarrollado después que los de RT-PCR, cuando ya hemos tenido suero de pacientes que han pasado la enfermedad. También, tienen la ventaja de que son mucho más rápidos que la PCR, y según el tipo de soporte, se pueden realizar en menos de pocos minutos. No necesitan un equipamiento especifico ni un personal técnico altamente cualificado. Son más baratos. La desventaja es que son mucho menos específicos que la RT-PCR. Otra importante desventaja de este tipo de test es que nuestro organismo necesita varios días para  producir anticuerpos detectables. O sea, que una persona puede estar infectada pero durante los primeros días no dar positivo en este tipo de test.

Algunos test de anticuerpos pueden distinguir el tipo de inmunoglobulina: si es IgM, indicativo de una infección reciente, o IgG, indicativo de una respuesta secundaria, y por tanto, más prolongada.

Sensibilidad y especificidad

Cuando queremos estudiar el rendimiento o lo efectivo que es un test diagnóstico lo que hacemos es comparar el resultado de ese test en un grupo control de individuos que sabemos a ciencia cierta que están sanos o están infectados. Esto normalmente se hace comparando nuestro test con otro que se considera el patrón de referencia (gold standard). Con estos resultados se construye la tabla que nos muestra la distribución de sanos y enfermos y el resultado del test.


Así, podemos clasificar los pacientes como verdaderos positivos, verdaderos negativos, falsos positivos (no están infectados pero el test es positivo) y falsos negativos (están infectados pero el test es negativo). Con estos datos podremos calcular la sensibilidad y la especificidad de nuestro test.

La sensibilidad del test representa la probabilidad de clasificar correctamente a los infectados o, lo que es lo mismo, a los verdaderos positivos. Una sensibilidad alta significa pocos falsos negativos. Es una proporción en la que en el denominador se sitúa el total de infectados y en el numerador los positivos verdaderos:

Sensibilidad = verdaderos positivos / total de infectados

Por su parte, la especificidad de un test representa la probabilidad de clasificar correctamente a los sanos o, lo que es lo mismo, a los verdaderos negativos. Una especificidad alta significa pocos falsos positivos. Es una proporción en la que en el denominador figuran el total de sanos y en el numerador los negativos verdaderos:

Especificidad = verdaderos negativos / total de sanos

Para entenderlo mejor, vamos a poner un ejemplo. Supongamos que tenemos una población de 100 individuos y queremos valorar la utilidad de la RT-PCR para el diagnóstico de la enfermedad por el coronavirus. En este caso seleccionamos el historial clínico (analítica, radiografías, etc.) como el patrón de referencia (asumiendo que esos datos no fallan nunca a la hora de clasificar sanos y enfermos y diagnosticar la COVID-19) y realizamos la RT-PCR a los 100 individuos. Los datos clínicos nos indican que 30 de los 100 tienen la enfermedad de COVID-19: hay 70 sanos y 30 enfermos. 

Al realizar la RT-PCR a las 100 individuos podríamos obtener los siguientes resultados (insisto que es un ejemplo ficticio):


Según esto, la sensibilidad de nuestro test de RT-PCR es del 93% (28/30) y la especificidad del 96% (67/70).

Uno de los problemas de estos parámetros es que la sensibilidad nos dice la probabilidad de clasificar correctamente al enfermo una vez que sabemos que está enfermo. Por su parte, la especificidad nos dice la probabilidad de clasificar correctamente al sano pero una vez que ya conocemos que está sano. Pero esto en la práctica, muchas veces, lo desconocemos. Cuando un test diagnóstico tiene tanto la sensibilidad como la especificidad cercanas al 100% se comporta como un test de referencia y por lo tanto sus resultados serán casi siempre válidos. Sin embargo, esta circunstancia es excepcional, muy pocas veces un test es 100% sensible y específico. La sensibilidad de la RT-PCR suele ser alta, alrededor de un 95%, y la de los test serológicos de un 70%. Por eso, se suelen emplear varios test diagnósticos al mismo tiempo, porque nos darán más información de la situación real.

Un pregunta que nos podemos hacer es ¿por qué a veces los test dan resultados falsos? Las causas son múltiples. Los falsos negativos pueden ser debidos: en el caso de la RT-PCR, a que la cantidad de virus o de muestra sea escasa, la liberación de los mismos sea intermitente, no se haya tomado bien la muestra, que no se haya extraído correctamente el genoma del virus, fallo en los reactivos o inhibición de la reacción; en el caso de los test serológicos, que la muestra se haya obtenido durante el periodo ventana en el que todavía no se hayan producido los anticuerpos, fallos en los reactivos del test, o baja sensibilidad.

Los falsos positivos pueden ser debidos: en el caso de la RT-PCR, a contaminación en el procesamiento de las muestras o reacción cruzada con otros virus, incluso fallo en el etiquetado; en el caso de los test serológicos, reacción a otros virus. 

¿Qué información nos puede dar la combinación de la RT-PCR y la detección de anticuerpos?

El test de RT-PCR nos indica la presencia del virus, quién está infectado en ese momento. Los test de detección de anticuerpos nos indican quién estuvo infectado y quizá está inmunizado, al menos durante un tiempo, contra el coronavirus. Según esto, y con todas las reservas según la sensibilidad y especificidad de cada test, si combinamos resultados de RT-PCR, con detección de anticuerpos (IgM e IgG) se podría plantear lo siguiente:


Sin embargo, este planteamiento es una simplificación y tiene sus limitaciones. El que no detectes anticuerpos puede no significar que no estés inmunizado. En el caso de infecciones por virus, que son intracelulares, la inmunidad celular no mediada por anticuerpos es tan importante o más que la mediada por anticuerpos. Es decir, en ocasiones, no hay anticuerpos pero el individuo puede estar “inmunizado”.

A pesar de ello, todo esto nos puede ayudar a controlar y monitorizar la epidemia en las próximas semanas, conocer cuántas personas han estado en contacto con el virus y están inmunizadas, a definir con mayor exactitud las tasas de letalidad del virus, predecir que podrá ocurrir si hay una segunda "oleada" del virus y a decidir las medidas y la velocidad del desconfinamiento que todos estamos deseando.

NOTA: 
Otro anticuerpo que tiene un papel predominante en las secreciones mucosas, como la respiratoria, es la IgA. En este sentido ya existen test para detectar IgA que parecen tener una mayor sensibilidad que los test para IgM o IgG.

Actualización (19/04/2020):
Para aclarar algunas preguntas, adjunto algunas tablas y diagramas sobre posible interpretación de resultados de la RT-PCR, y anticuerpos IgM, IgG. Os recuerdo que siempre habrá que tener en cuenta también los datos clínicos y que, ante la duda, los test se deberían repetir para confirmar.


Evolución de la concentración de ARN, IgM e IgG 
a lo largo de la enfermedad:



Protocolo de diagnóstico de la COVID19 (Fuente @Salud_JCYL):





Interpretación de los resultados de la PCR y anticuerpos:





AVISO: este blog es de divulgación científica, su objetivo es la difusión de la ciencia, no es un consultorio clínico. Yo no soy sanitario. Las consultas particulares sobre temas clínicos deben hacerse al médico. Las consultas sobre los resultados particulares de las pruebas de diagnóstico y sobre cómo interpretarlos deben hacerse al médico o al servicio que te las haya hecho.